La sangre blanca

Cuento ganador del concurso «La Tierra Media en tu vida», organizado por la Sociedad Tolkien Chilena (2025). Inspirado en la enfermedad de Felipe, hijo menor de Romina Guerra Á. Un padre enfrenta sus miedo y límites por salvar a su hijo.

LA SANGRE BLANCA
Por Minas Roth

Querido hijo:
Ahora que has leído la Trilogía del Anillo puedo entregarte este cuento para que vislumbres por qué, cuando iniciaste tu tratamiento contra la leucemia, te insistía que el hospital era la ciudad de Minas Tirith, que teníamos que escondernos de los orcos y debíamos subir a las casas de curación de Gondor. Imaginar que el duro trance de tu enfermedad era parte de una aventura en la Tierra Media me daba fuerzas para cargarte, enfrentar los miedos y continuar con esperanza.


—Papá— inquirió la voz quejumbrosa de Fethiland— ¿Cuánto falta?
—¿Ves ese punto luminoso a los pies de las montañas? Es la Ciudad Blanca. Debemos llegar lo antes posible.
—Me duelen mucho las piernas. Ya no puedo caminar.
El hombre se detuvo con una mueca de esfuerzo: su cadera sometida a tanto esfuerzo era un nudo de dolor. Desató parte del equipaje y seleccionó el cargamento. Agua, algo de comida y una manta: era suficiente. Rothland Piernarrota alzó al niño. La noche anterior habían perdido el preciado caballo que, aterrorizado por los gritos de las bestias aladas que resquebrajaron el cielo, había resbalado barranco abajo.
Verificó una vez más la palidez del rostro infantil: los ojos brillantes destacaban enormes en contraste con los labios blancos. Las manitas parecían ir marchitándose con aquellas crecientes manchas amoratadas. Hacía apenas tres días Fethiland era un niño lleno de energía corriendo entre arboledas y recogiendo flores, pero la sangre se le estaba volviendo blanca gota a gota.
El terror ante al abismo de la incertidumbre aprisionaba el alma de Rothland hasta entumecerle el pensamiento y los miembros. ¿Era posible seguir adelante hacia esa terrible oscuridad guiado por el hilo invisible de un rumor ancestral?

***

Un par de viajeros llegaron a su pueblo trayendo informes funestos sobre ejércitos de orcos. Se decía que el mismísimo rey de Rohan estaba destrozado por la muerte de su hijo y nadie sabía si tendría la fuerza para dirigir su ejército. Si un gran rey se desmoralizaba ante la pérdida, ¿qué podía esperarse de él, un simple artesano cojo? ¿Qué castigo del destino había hecho a su hijo merecedor de la maldición de la sangre blanca?
—¿Mi inutilidad para servir en la guerra? ¿Algún error de mis antepasados o simple mala fortuna? —divagaba Rothland.

***

La curandera del pueblo le informó que los únicos que alguna vez habían curado el mal de la sangre blanca eran los maestros de la gran Ciudadela Blanca. La lejana fortaleza donde ahora se cernía la guerra y hacia la cual -según las últimas noticias- se dirigía un ejército sobrenatural guiado por el verdadero y último rey.
Rothland evocó los días en que su abuela le entretenía con sus narraciones. Nunca tuvo la fuerza ni la destreza física de los otros niños y eso le carcomía la moral, pero ella le distraía con las antiguas leyendas. Y allí, inclinado frente al rostro de su muchachito, recordó las palabras de su abuela: «el heredero de Isildur convocará al Ejército de los Muertos y ellos responderán; y será un sanador, pues las manos del Rey de Gondor son manos que curan». Rothland Piernarrota comprendió lo que debía hacer.
— Iré al encuentro del verdadero rey de Gondor en la Ciudad Blanca. Él podrá sanar a Fethiland.
Los ojos de su esposa destellaron con incredulidad.
—¿Seguirás las fantasías de las leyendas? Si nuestro hijo no sobrevive, te seguiré teniendo a ti. El destino te ha salvado de servir en la guerra ¿y aun así decides desafiar las garras de la muerte?


***


Los pasos cada vez más lentos de Rothland marcaban el compás amargo de sus pensamientos. ¿Qué ciega fe lo impulsaba con su pierna maltrecha a arrastrar a su hijo enfermo montaña abajo, empaparse en las aguas que alimentaban el Anduin y adentrarse en los valles moribundos de Gondor?
Fethiland ya casi no hablaba y dormía la mayor parte del tiempo. Apenas recibía alimento. Su padre no osaba detenerse. El suelo había comenzado a temblar imperceptiblemente. Cada trecho se hacía más evidente, hasta que se convirtió en un golpeteo rítmico de miles de pasos.
Tras alcanzar un montículo y acomodar a Fethiland y el equipaje bajo la saliente de una roca, Rothland se deslizó y pudo observar los Campos de Pelennor cubiertos por masas de ejércitos como caudales de hormigas. El terror se apoderó de su respiración. Retrocedió hasta al lado de su hijo y un ruido ensordecedor dividió la atmósfera, confirmando que la gran batalla había comenzado.
Rothland agradeció -por única vez- que Fethiland estuviese tan decaído porque ese sueño profundo lo protegía de los horrores que él no dejaba de oír. No supo si fueron horas o días o noches, pero de ese escondrijo no se movió. Rothland abrazaba a su hijo amado y notaba cómo su respiración se debilitaba. La oscuridad en su alma se hizo más sombría que las tinieblas que lo rodeaban y dejó escapar un sollozo contenido:
—¡No, no! ¡Un hijo no debe morir!
En ese momento sonaron cuernos lejanos, un clamor de gritos bestiales le saturó los oídos, y un olor de sangre le dejaron inconsciente.

***

—Agua. Quiero agua, papá.
Los labios albos del niño recibieron el líquido con avidez y una gota resbaló por su cuello, donde las manchas moradas se iban extendiendo. Un silencio de muerte suspendía el tiempo. Rothland acomodó a Fethiland en su espalda. Si su hijo aún no se rendía, él tampoco lo haría. Sintió cómo el valor nacía en su pecho y se extendía con una llama de esperanza por todo su cuerpo, incluso hasta su aciaga pierna. Avanzó con su paso inestable absolutamente decidido. Sus ojos escudriñaron los arrasados Campos de Pelennor. La forma borrosa de un estandarte se alzó en la distancia y Rothland Piernarrota decidió creer que el Rey que sanaba había retornado a la Ciudad Blanca y que su hijo estaría a salvo desde esa hora.

***

Con cariño, mamá.

***

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